Arthur Shopenhauer es el más importante filósofo pesimista cuya influencia ha llegado a nuestros días. Ejerció especial influencia sobre Nietzshe y Freud, en particular, en éste último, en lo relativo a la fuerza de los impulsos sexuales, pero el célebre médico austriaco se cuidó mucho de darle algún crédito. Nietzshe, a pesar de esa influencia optó por una elegía de la existencia.
Shopenhauer fue hijo de un matrimonio sumamente disparejo: su madre apenas tenía 17 años cuando se casó con su madre, de 37. En el matrimonio no reinaron ni el amor ni la confianza. Y Johanna pudo recuperar su espíritu libre, culto, vivaz y social cuando su marido arrogante, celoso, ignorante e insensible se suicidó.
Totalmente anitisocial, Shopenhauer tuvo siempre la certeza de que un día sus ideas serían de gran influencia en el mundo. Tuvo razón, aunque en vida sólo al final de sus años pudo gozar de cierto prestigio.
Julius es un terapeuta a quien un día, un médico amigo le descubre un melanoma, es decir el principio de un irreversible cáncer de piel. Le queda un tiempo de vida, pero debe escoger cómo vivirla y enfrentar la muerte segura. Decide vivir su último año entregado a su pasión: atender a sus pacientes, en especial a siete de ellos que están en terapia de grupo.
Phillip es un hombre brillante, de inteligencia prodigiosa que para superar la frustración y el vacío que le dejan ser un obseso sexual, un depredador, decide seguir el camino de aislamiento social de Shopenhauer, pero por determinadas circunstancias se ve obligado a asistir a la terapia del grupo que conduce Julius.
El prestigiado terapeuta –profesor emérito de la Universidad de Stanford- y escritor Irvin Yalom construye con esos tres personajes una bella y muy interesante novela, Un año con Shopenhauer, dirigida a destacar el valor de la existencia cuando el ser humano encuentra su realización individual. Algo que a pesar de su amargura logró Shopenhauer, y cómo esa satisfacción puede contribuir a que el individuo en cuestión muera en paz y viva sus últimos días sin temor ni angustia.
La novela sigue dos caminos paralelos. Por una parte conocemos los aspectos medulares del grupo de terapia, sus angustias y problemas más apremiantes y sus confrontaciones entre ellos, por la otra el autor nos lleva a un recorrido por demás ameno e interesante a través de la vida y obra de Shopenhauer. Al grado de que se nos despierta el deseo de leerlo y conocerlo más a profundidad.
La habilidad narrativa de Yalom, autor también de “Desde el diván” y de “El día que Nietezshe lloró”, hace que las sesiones del grupo de terapia nos absorban; lo que sucede en la novela es fundamentalmente lo que pasa en el grupo para lograr que cada uno se reconcilie consigo mismo y sea capaz de tomar decisiones para cambiar su vida. En esas sesiones, Shopenhauer tiene un peso específico a través de Phillip, que lo venera y lo cita constantemente para reafirmar su distanciamiento del mundo y su supuesta felicidad sumergida en el conocimiento de los grandes filósofos y en el distanciamiento de cualquier relación humana que lo perturbe. Pero resulta que él, con su incapacidad de empatía alguna, también pretende ser terapeuta.
Será un shock tanto para Phillip como para el resto del grupo que Pam, una integrante del mismo y que estaba de viaje cuando él se integró, resulte ser una víctima del afán depredador sexual de Phillip quince años atrás.
Yalom quiere que conozcamos la personalidad de Shopenhauer y sus circunstancias, las razones que lo llevaron a su pesimismo sobre el ser humano porque nunca nada es gratuito en una vida, todo tiene una razón, un origen. Pero quiere también que conozcamos el otro lado de la moneda: la redención a la que nos puede llevar la convivencia humana si aprendemos a ser compasivos y reconocemos nuestras propias deficiencias.
En su último libro, Parega y Paralipómena, con el que finalmente logra llamar positivamente la atención dentro y fuera de Alemania, Shopenhauer escribe tres ensayos fundamentales. El primero sobre el valor del hombre por sí mismo, el segundo sobre lo que el hombre posee y el tercero sobre cómo es visto por los demás. Sobra decir lo que exalta es el valor del hombre por sí mismo.
Sin embargo, en los últimos tiempos de su vida, gozando las caricias del reconocimiento que, a fin de cuentas, tanto había anhelado, y con la grata presencia de la eminente escultora Elizabet Ney, que lo visitaba para hacerle un busto, el filósofo alemán recibió con agrado las mieles que se le presentaban.
Una espléndida y emotiva novela.

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