Recién terminé la lectura de Los perros negros (The black dogs), una novela del inglés Ian McEwan de 1992, previa a sus grandes éxitos reconocidos mundialmente (Amsterdam, Expiación, Sábado, Chesil Beach). Si bien carece de ese reconocimiento, no es una novela menor. Y es capaz de abordar con gran talento un conflicto ideológico propio de nuestro tiempo: materialismo contra espiritualidad, una contraposición cada vez más extendida.

La novela está narrada en primera persona por Jeremy, un hombre huérfano, educado, tranquilo y curioso que siente una verdadera fascinación por sus suegros, June y Bernard, padres de su esposa Jenny, y cuya biografía ha decidido escribir. Su admiración no sólo es por las personas sino por el impacto que tienen en él sus rutas de vida, sus equidistantes percepciones del sentido de la misma y la forma en que cada uno asume el mundo real, percepciones que se remontan hasta los primeros años después de la II Guerra Mundial cuando June y Bernard, realmente enamorados, se casan.
En la novela Chesil Beach, de 15 años después, una pareja de recién casados a principios de los años 60 viven el resquebrajamiento inicial de su matrimonio, apenas en la luna de miel, por diferentes percepciones sobre el sexo, percepciones amparadas obviamente por experiencias previas al respecto. En Los perros negros, durante su luna de miel en el sur de Francia, June y Bernard se enfrentan a una suigéneris ruptura de su matrimonio debido a una experiencia terrorífica de June en esos días: su enfrentamiento real con la materialización del mal. Si bien la pareja se mantiene unida varios años después –incluso procrean tres hijos-, la separación ya está sembrada desde esa experiencia tan singular como lo es siempre una “luna de miel”.
June y Bernard, eran, como muchos de su generación, orgullosos y convencidos comunistas teóricos, sin embargo, la experiencia de June en Francia la distanciará por completo de las ideologías políticas y la llevará al terreno de la espiritualidad, del sentido propio de la vida y a la convicción de que sólo un cambio en el hombre propiciará un cambio social (teoría muy manejada por Erich Fromm). Mientras, Bernard se alejará del comunismo, como tantísimos otros, pero seguirá su ruta ideológica desde la izquierda, teóricamente, claro, y alcanzará cierta fama como intelectual y “diletante”; June se dedicará a escribir y reflexionar sobre el hombre, el espíritu, Dios, el bien y el mal. Un acierto de Mc Ewan es evitar que las diferencias entre ambos sean netamente ideológicas: izquierda- derecha, comunismo-capitalismo, y un poco adelantándose a la propia época del inicio de la historia lleva las diferencias a un terreno mucho más acentuado desde finales de los años 60 y que hoy tiene una presencia singular entre nosotros: ideología o humanismo espiritual.
El matrimonio nunca se disolverá porque a pesar de todo June y Bernard se quieren; cada uno se mantendrá al pendiente del otro aprobándose y desaprobándose, según registra Jeremy en intensos y sólidos diálogos con ambos.
En la recreación de esos diálogos convertidos de hecho en acción narrativa, radica buena parte de la fuerza y el atractivo de la novela. Sabemos que desarrollar diálogos disquisitorios es una de las tareas más difíciles a realizarse en una novela, y muy pocos salen airosos de semejante tarea (Thomas Mann, por ejemplo, ni más ni menos). Y la acción, los hechos que se narran (la noche de Jeremy en la ex casa de su suegra cuando ella ha muerto, el viaje al Berlín del muro el día que éste es derrumbado) y desde luego la historia real de los perros negros, están al servicio de las disquisiciones de sus protagonistas y de su efecto sobre el narrador.
Al final se logra percibir una inclinación en la balanza del aparentemente imparcial Jeremy, que bien puede ser el propio Mc Ewan, pero mal haría yo en referirme a ella o en predisponer aquí a los que espero sean futuros lectores de esta novela. Los perros negros, al igual que las novelas más exitosas de Mc Ewan, incluyendo la feliz y en apariencia intrascendente Sábado, retrata uno de los caminos seguidos por el siglo XX, en particular a partir de su segunda mitad,es decir por los seres humanos, caminos que ahora en el siglo XXI se han transformado, pero sin dejar, ni mucho menos, de estar presentes.

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