En términos generales todos celebramos el poder y la influencia de las Redes sociales que a fin de cuentas han reducido a la nada las distancias entre un ser humano y otro, estén donde estén. No sé todavía si a esto se le pueda llamar comunicación, pero de que la gente entra en contacto como nunca antes no me cabe la menor duda. Inútil es insistir en todos los intercambios positivos que se han generado, desde invitar a la movilización social hasta difundir conocimiento.
Sin embargo, no podemos dejar a un lado la violencia verbal que se ejerce en las redes sociales. Violencia que también se da, en algunos casos, visualmente. Como todos los grandes inventos, Internet, el mail, Twitter y FB tienen sus lados positivos y negativos. Las Redes sociales son meramente un instrumento: no tienen moral, ética o sentimientos pues todo esto es prerrogativa de quienes las utilizamos, así que condenarlas es bastante tonto así achacarles culpas que no tienen.
Jamás accedo a un comunicado o mensaje que según yo tenga un contenido visual que degrade a otra persona, no quiero ser cómplice. Pero a veces no hay que “ver”, basta con “leer”.
Hace tiempo los periódicos empezaron a insertar los comentarios o mensajes de los lectores en torno a tal o cual nota, columna, artículo, o chisme, lo mismo en política que en deportes, cultura o espectáculos. Este hecho, sin duda positivo en sí mismo, algo impensado hace una década, tiene también sus lados oscuros a causa de algunos lectores.
Me llama poderosamente la atención la forma en que muchos lectores escriben sus comentarios. Por lo general además de estar mal redactados y tener unas faltas de ortografía que hacen rechinar la pupila están llenos de ira, de enojo, de afán de humillación o degradación del protagonista de la información y a veces también están dirigidos contra lectores que expresan una opinión diferente. En Twitter se puede usar la expresión “hated” o “hating” para aquellos contenidos agresivos, insultantes o hirientes hacia algo o alguien.
Daré un par de ejemplos sencillos accesibles a todos: cuando el Chicharito Hernández estaba en la banca del Manchester United, sobraban las agresiones y burlas hacia él, a quien no hace mucho alababan incansablemente; cuando pasa al Real Madrid las burlas se recrudecen. Insisto: quiero dar sólo un ejemplo, no pretendo ni atacar ni alabar al jugador. Por otro lado, un tipo enfurecido por el tráfico en su ciudad, tráfico debido a la llegada de Ronaldiho, una estrella de futbol, aunque en su ocaso. Se desespera y lo más sencillo que encuentra es despotricar contra él y llamarlo “simio”.
Hay lectores o twitteros a quienes lo que más hace felices es insultar o agredir, y más aún disfrutar la supuesta caída en desgracia del famoso o exitoso.
Es muy sencillo aplicar una simple psicología: tanta gente envidiosa, resentida, infeliz que se desahoga en las Redes porque es incapaz de hacerlo en su vida diaria, porque es incapaz de desahogarse contra su jefe o aquellas personas (familiares o “amigos”, novias, novios, etc. que, desde su punto de vista, le hacen la vida imposible. Además las redes sociales o el mail ayudan con el anonimato, esa poderosa máscara de todos los cobardes.
Lástima que tan valiosas herramientas pueden también estar llenas de ira. Bueno, al menos esos desahogos impiden otras reacciones más violentas en un momento dado, supongo, quiero pensar. Pero nadie puede confiarse en alguien lleno de ira aunque sea por escrito, ya no se diga visualmente capaz de pasar por encima de la intimidad y el respeto a los demás. Ojalá y la gente pensara dos veces, o contara hasta diez, antes de salpicarnos de su odio y su ira.
Cosas de la modernidad que no se daban, y lo digo sin nostalgia, cuando las cartas llevaban timbres y tardaban días, semanas en llegar.

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