El escritor John Connolly, lo mejor que hay hoy en novela negra, tieneuna historia que conoce muy bien. Es la historia de la soberbia del ángel más bello de todos, Lucifer, que cometió el más grande de los pecados: el de la soberbia. Se sintió muy ufano con su belleza y sus poderes y por tener una gran cantidad de seguidores retó a Dios y quiso ser como él. Dios no lo destruyó: lo expulsó de la Gloria con quienes se rebelaron a su lado y desde entonces andan por aquí, destilando rabia y odio y causando todo el mal que pueden, lo que más placer les causa. Desde su rebelión se le conoce como “adversario” o Satanás, en hebreo. Este ángel caído es adversario de Dios y del hombre.
Más sobre Lucifer se puede leer en la Biblia, en Isaías, Ezequiel y Los Salmos.
No es gratuito que en su página web Connolly tenga la imagen del Arcangel San Miguel derrotando al demonio con su espada, como se encuentra en la estatua que de él abre camino en el Boulevard Saint Michel de París.
Connolly no es un escritor común y corriente de novela policiaca, pues ha innovado el género avanzando con audacia en terrenos por él descubiertos: la presencia real, inevitable del mal entre los hombres; en sus novelas, la maldad es un ente que vive, respira y actúa; no son fantasmagorías ni alucinaciones. Los fantasmas, cuando se hacen presentes, son seres que murieron sin encontrar la paz, pero no son los malos. La maldad está encarnada en seres de carne y hueso que pululan entre nosotros y que el irlandés Connolly nos permite ver y conocer con maestría causándonos inquietud y temor.
Sus novelas están muy lejos de la trama enredada y despistadora del formato tradicional y convencional para encontrar al asesino o al criminal. Sus novelas causan interés, pero también desasosiego.
Al lograr que el lector establezca una empatía con un detective diferente, atormentado por razones inequívocas, y que siempre sabe contra qué está luchando. Charle Parker –así se llama sin la menor relación con el jazzista- es un hombre que siendo policía perdió de manera brutal a su esposa y a su hija, las perdió por fuerzas y seres de una maldad única, implacable, absolutamente inmisericorde, la maldad que disfruta propagando el mal y haciendo daño de manera continua, a través de seres abyectos, pero humanos al fin.
Parker suele estar acompañado de dos matones expertos, una pareja gay muy dispareja: Louis, alto, elegante y negro, y Angel, bajito, desarreglado y blanco. Dos personas que también han sufrido lo suyo, pero que en su código ético y moral muy personal, el lugar privilegiado lo ocupa su lealtad invencible a Parker.
Este detective tiene una fuerza interior única que le ha impedido desmoronarse a pesar de todo lo que ha tenido que enfrentar, y asume su lucha con entereza. ¿Dónde radica su fuerza? En lo personal creo que en el amor que ha sentido. Primero de niño, con su abuelo y su madre, después con su esposa y su hija; más tarde con Rachel, una abogada con la que ha tenido otra hija, Sam, a la que adora. El conoce el amor, y el amor da fuerza, una fuerza sin duda más grande que la de la maldad.
Parker no es el único que sabe de las presencias malévolas en la Tierra, de la presencia del mal; está también el rabino Epstein, un personaje ocasional, que sabe de ellas y las identifica, y tiene la certeza que entre ellas hay políticos, magnates, gente de los medios, lo más abyecto de la extrema derecha, y peones ambiciosos tal y como queda de manifiesto en la más reciente novela de Parker en español, editada por Tusquets, “La ira de los ángeles”. Está también el abogado Eldrich, quien ya apareció anteriormente, con el mismo objetivo que Epstein, pero cuyos métodos de acabar con las maldades lo acercan a quienes las realizan.
A pesar de ser irlandés, Connolly ubica sus tramas principalmente en Maine, en el norte de Estados Unidos, en espacios abiertos, bosques y carreteras desoladas, espacios en sí mismos intimidantes, bajo el frío, la lluvia o la niebla; pero en ocasiones también nos lleva a Nueva York o Lousiana con profusas descripciones siempre justificadas que forman parte inevitable del ambiente de la narración.
Connolly se asume como católico no practicante, pero creyente en Dios. Le gusta mucho la música, una referencia constante en sus novelas; es más bien solitario y disfruta pasear a sus perros. Dice que se hizo escritor porque no le gustaba jugar con otros niños. Y creó –o descubrió- su propio mundo narrativo.
Está convencido, porque la ha citado varias veces, de una sentencia del filósofo y político irlandés del siglo XVIII, Edmund Burke: lo único necesario para que triunfaran las fuerzas del mal es que las buenas personas se paralicen ante él y no hagan nada para combatirlo.
Para Connolly la ficción criminal gira en torno a la importancia de no permanecer inactivo, porque no salir en la ayuda de quien sufre te convierte en cómplice de su dolor. Por el hecho de intervenir, el detective marca la diferencia. Sólo que Connolly y Parker han llevado esa diferencia mucho más allá de la sencilla ficción criminal.

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