(La película)

Del 2012, es una realización de la actriz, guionista y directora alemana Margarethe von Trotta, quien se hizo presente en la fama con el guión de la película “El honor perdido de Katharina Blum,”, dirigida por ella y su marido Volker Schlöndorff, basada en un relato de Henrich Böll. Después, rn lod sñod 80, realizaría “Las hermanas alemanas” y “Locura de mujer”.

La trascendencia de Von Trotta radica en hacer un cine de mujeres carente de discursos o retóricas feministas, un cine que observa y presenta a la mujer en múltiples planos de su existencia, sin victimismo alguno o contramachismo.

Esa mirada de mujer no feminista está presente de nueva cuenta en el retrato que hace de la filósofa alemana Hannah Arendt, sin duda la más importante del siglo XX, para contarnos el proceso por el cual ella llegó a una de sus tesis fundamentales, “la banalidad de la violencia”, y el precio que pagó por ella.

La película es interesante por el tema, pero está parcialmente lograda. De hecho nos encontramos dos películas en una: la primera parte mala, que requiere paciencia frasciscana para continuar viéndola, y la segunda buena, fuerte, intensa. Von Trotta escribió el guión pero le faltó –y es de extrañarse- malicia narrativa. En toda la primera parte pretende mostrar a una Arendt (interpretada por Barbara Sukowa quien hizo el papel de Rosa Luxemburgo en la película del mismo nombre, de 1986, también de Von Trotta) bien asentada en Estados Unidos, en Nueva York, que da clases y tiene un amplio grupo de amigos intelectuales con los que discute y analiza. Y pocas cosas tan tediosas en el cine como las discusiones intelectuales, aunque la directora apele, sin concesiones, al conocimiento (posible) del espectador. Por ahí se medio apunta, mediante flash backs, la relación que tuvo Arendt con su maestro Martin Heidegger (ni más ni menos), en la Universidad de Friburgo; otro filósofo excepcional que, por desgracia, se afilió al Partido Nacionalsocialista, lo que, sin embargo hasta ahora no le ha restado valor a su filosofía existencialista. Esta relación que marcó severamente a la filósofa sólo tiene pinceladas casi crípticas; el mayor aporte es la escena en la que Hannah le pide a Heidegger que la “enseñe a pensar”.

La segunda parte de la película, a partir de que Arendt va Jerusalén y hasta que desata la polémica sea mucho más interesante que la primera, complaciente, intelectualizada y poco imaginativa.

La trama como tal gira en torno a la labor que como corresponsal hizo Hannah Arendt para la revista New Yorker, para seguir el juicio del coronel de las S.S. Adolf Eichmann, en Jerusaén en 1960-61. Capturado y secuestrado por los servicios de inteligencia israelíes en Bueno aires, donde trabajaba para la Mercedes Benz de Argentina, fue el responsable de llevar a cabo la logística para la llamada “solución final” (exterminio de los judíos en los campos de concentración).

Hannah Arendt llegó a la conclusión, y así lo publicó en la revista y en su libro de 1961 “Eichmann en Jerusalen. La banalidad del mal”. Que el nazi distaba mucho de ser el “monstruo” que el juicio pretendía evidenciar. Para ella –y en la película se ven algunas escenas reales del juicio que no la contradicen- Eichmann era un hombre sin razonamiento, sin inteligencia, incapaz de pensar por sí mismo –de ahí su banalidad- y que sólo había cumplido órdenes sin cuestionarlas (lo que él repite una y otra vez). Peor aún era que carecía de sentimientos antisemitas profundos. En fin, no tenía razón personal alguna para cometer los crímenes que cometió.

La película da cuenta de las agresiones y descalificaciones que recibió Arendt, quien incluso fue acusada por sus detractores de estar a favor de Eichman, lo cual no era cierto desde ningún punto de vista. Todo porque ella no se sumó al golpe publicitario y mediático que el juicio acabó siendo. Sin embargo evidenció –y reflexionó sobre ello- una conducta humana terrible y destructora en la que una persona común y corriente no necesita ninguna “fuerza demoníaca o grandeza maligna”, para causar dolor profundo y tortura, el mal, al otro. Asimismo, se atrevió, como ya lo había hecho desde 1933, a criticar s los líderes judíos alemanes que habían sido colaboracionistas de los nazis (lo que sucedió cuando pretendieron ingenuamente, convivir pacíficamente con ellos).

La mujer Arendt es retratada por von Trotta como inteligente, soberbia, sí, pero incapaz de traicionar sus principios, y por lo mismo capaz de soportar todas las embestidas. Incapaz del propagandismo de ninguna tendencia, Von Trotta no elude mostrar a una judía dueña de ideas propias, que tampoco fue sionista y en la película la hace decir, a un gran amigo sionista moribundo, que no siente amor por pueblo alguno y sólo lo siente por personas concretas, por sus amigos.

Quizá lo más importante es que genere en algunos espectadores que no lo hayan hecho leer algo de la obra de una pensadora extraordinaria, y que, como evidencia la película, por encima de su condición de judía puso su condición de pensadora profunda y original.

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