La memoria en ocasiones pone muchas trampas, sin embargo, por lo general lo mejor siempre se recuerda casi íntegramente. Un poco eso me sucede con Gustavo Sainz y con otras personas que he tenido la fortuna de que se crucen en mi camino.
Traspasada mi adolescencia y después de haber dado vueltas y vueltas en Obsesivo Días circulares, conocí a Gustavo Sainz en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM; por ahí de 1973, y estoy consciente de que desde entonces ha llovido a cántaros y esta ciudad que a ambos nos gustaba tanto ha cambiado ferozmente a pesar de que se le quiera embellecer con gente feliz andando en bicicleta.
Lo que me gustaba era asistir a sus clases sobre cine. Gustavo había visto todo, y lo sabía todo, Fue cuando empecé a conocer su memoria prodigiosa y apantallante. Poco a poco logré hacerme notar con él y pasado un tiempo me atreví a enseñarle algunos cuentos escritos por mí. Los leyó y me animó a solicitar la beca, entonces única posible para hacer literatura, del Centro Mexicano de Escritores, ahora desaparecido.
Por aquella época él se había enfrascado en la escritura de un novela, a mi juicio extraordinaria si no es que la mejor de su producción, que tituló “La Princesa del Palacio de Hierro” experimentando con una máquina IBM que facilitaba las correcciones al texto y que él elogiaba porque siempre fue amante del cambio, de todo lo moderno.
Por supuesto me deslumbró aquella novela sobre la primera “niña mala” que conocí en la literatura. Me deslumbró por su trama, por sus anécdotas y por su estilo carente de “puntos”. Uno de mis más preciados tesoros dedicados por un escritor.
Después Gustavo me ayudó a que la editorial Universo, una filial de Editorial diana publicara mi primera novela “Las trampas”, en 1981, en una colección popular que pretendía llevar literatura al gran público con ediciones de gran tiraje que se vendían hasta en puestos de periódicos.
Por ahí de 1977 ó 78 Fundó y dirigió el suplemento cultural “La Semana de Bellas Artes”, responsabilidad del INBA, que se encartaba en los principales diarios del país. Gustavo era director del Departamento de Literatura del INBA y el director del Instituto era Juan José Bremer.
Un día de 1980 un “duende de la redacción” hizo una mala pasada y en un suplemento apareció publicada una crítica muy irónica y mordaz contra la Primera Dama, Carmen Romano de López Portillo. El poder montó en cólera y Bremer fue destituido del INBA y Gustavo de la Dirección de Literatura. Como suele suceder en estos casos siempre, el escándalo hizo que el ejemplar fuera casi cotizado, todo el mundo quería leer el artículo en cuestión. Y Gustavo se fue del país, a la Universidad de Nuevo México. Ya no regresaría salvo en visitas ocasionales. En algunas de esas ellas nos encontramos en la cafetería de un hotel de la colonia Cuauhtémoc en el que se hospedaba cuando llegaba a venir a México.
Gustavo era un hombre de amigos no de camarillas ni de grupúsculos. Y llegamos a compartir algunos que también se cruzaron para bien en mi vida, como el extraordinario crítico de arte Don Antonio Rodríguez, al crítico literario Ignacio Trejo fuentes, al poeta Arturo Trejo Villafuerte, al impresor José Nemorio-
El tiempo y los quehaceres nos fueron distanciando, pero siempre guardé mi cariño y mi agradecimiento a Gustavo, de risa frecuente, aunque nunca a carcajadas; un escritor culto, generoso, lo que no es muy común ni aquí ni allá ni acuyá.

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