Caballo de fuego

Por Beatriz Graff

Reproduzco el texto que la autora escribió sobre mi libro de poema Espejo del fuego

Javier González Rubio se cubrió con la capa bienhechora de su abuela, aquella mujer que lo ayudó a caminar sobre una barda en el muelle de Veracruz porque confiaba que su niño vería, en el horizonte del mar, la vida por delante.

La abuela murió, y con esa capa protectora, el niño se hizo hombre y el hombre trata de conservar el equilibrio de tantas maneras como le es posible. A veces se agarra del amor de sus hijos, de la mujer compañera, de los amigos; otras se prende de la creatividad, ya sea escribiendo guión, cuento o novela. Esta vez se alumbró con la poesía.

Al ir leyendo este libro, se instala una duda. ¿No será que Javier se puso a escribir poesía en un escondite, en un refugio del que se valió para no mostrar la esencia de su necesidad? ¿No son estos poemas una exigencia impuesta por él mismo, que lo filmaría más modesto con la cámara de su corazón, para encubrir al verdadero protagonista?: el filósofo. Ya que los textos escritos demuestran esa forma de conocimiento que ofrece explicaciones a los temas que le llegan al alma, sus poemas contraen lazos con la filosofía.

La sospecha de que Javier es un filósofo comienza con el título del libro: Espejo del fuego. No es espejo “de” fuego, no es que el espejo sea de fuego, eso está claro; es que el fuego tiene un espejo… o…, tal vez… que el fuego se refleja en el espejo. ¡Caray! Cada persona que lea el libro tendrá que comprender, interpretar, descifrar lo que sugiere el título. ¿Cuál es este fuego?, ¿con qué espejo pacta?

Viene después el más atinado epígrafe, firmado por Fernando Pessoa:

 

El poeta es un fingidor

Finge tan completamente

Que llega a fingir que es dolor

El dolor que en verdad siente

 

¿Qué advierte entonces el autor de este libro de poemas? ¿Va a fingir un sentimiento cuando en verdad lo padece? Porque a ver, a quién sino a un amante afligido le puede importar lo que pudo haber sentido Rick, el personaje de la película Casablanca, mientras se aleja de París después de leer la dolorosa carta de Ilsa. A quién sino a un filósofo se le puede ocurrir ponerse en el bolsillo izquierdo del saco de Rick, que no entiende por qué su amada le pide: “no puedo ir contigo”, “no debes preguntar por qué”, “vete, mi amor”. Y no nada más eso, sino que en el siguiente poema, el que imagina en La noche de Ilsa, el filósofo llega al sosiego del amor, del único amor posible: no importa tener a la mujer, importa amarla para siempre.

Pero he aquí que sigue la lectura y con ella la duda. ¿Es poeta o es filósofo? En este libro hay un mundo de emociones, señales, vaivenes del tiempo que dan la certidumbre de que quien escribe el libro, es un poeta:

En un cantar dice:

A dónde voy me llevo la ventana para mirarte en ella

En otro:

Traigo adentro el dolor de todo lo que te duele

O aquel en que confiesa:

Me da miedo dejar de ser mío para volverme tuyo

 

Y qué decir de un hombre que en este siglo nuevo con todas sus calamidades a la vista, se asombra todavía con… los pajarillos. Deja la lectura, se acerca al balcón que no es romántico ni provinciano; observa que aun en esta ciudad cantan cuando pueden, los contempla en ese instante que le regalan moviendo su cabecita nerviosa, haciendo equilibrio en una barra de acero… que ni siquiera es verde… Su canto traspasa los cristales y se antoja sentir que él es uno de estos pajarillos con quienes se identifica, en su aislamiento solitario.

 

Javier es un soñador que en unas líneas comparece antiguo como las montañas dejadas de la mano de Dios, que lucen su desnudez / sin inclinar la cabeza… / ásperas y orgullosas dan la cara al sol / y para tutearse con la luna no se arropan en la noche. Además es deferente con sus zapatos a quienes no quiere tirar… por guapos, de los que no quiere desprenderse porque anduvieron juntos en las buenas y en las malas y le da pena que paguen en la basura su lealtad. Ustedes habrán de leer el poema completo y sabrán así qué fue de ellos, Los Ferragano. De la misma manera sabrán cómo a la generación de González Rubio la jodió la pregunta de Eric Fromm: ¿me amas porque me necesitas o me necesitas porque me amas?

Es el padre o el viajero quien pedalea su bicicleta, comiéndose los caminos con el manubrio suelto, escondiéndose de sí mismo; buscador de tesoros ha podido identificar lugares que pertenecieron a Hemingway, Miller, Fitzgerald, Joyce y sabe a ciencia cierta que la historia busca a los hombres / mientras la imaginación los encuentra.

 

Con sus silencios pausados, Javier González Rubio entra en un universo de sombras, en leves inquisiciones del misterio existencial, porque si no estuviera tan ocupado y no le diera tanta importancia al dinero/ si tuviera tiempo para tenderme en la cama / y contemplar el techo con serenidad/ como si fuera una antigua carta de navegación / que me indicara un rumbo nuevo…/ No lo hace… para él éstos son pretextos. Pretextos que se le reinvierten en este su espejo del fuego, donde la luna se le cuelga del cuello, donde hay optimistas vestidos de luto, donde los cometas se encuentran y dan vuelta en U en vez de seguir su largo viaje, donde esa pareja de la mesa de enfrente come sin mirarse, carcomida por la indiferencia. Es una pena que ya no exista permanencia voluntaria para el amor. Advierte este hombre que conoce el tema, tanto, que pregunta y contesta ¿Debe ir a algún lado el amor? Sí, porque si se queda quieto/ encarcela.

Son los fantasmas, Javier, esos que hacen el ruido que no debía existir; son los fantasmas que no logras saber siquiera si son de los suyos. El miedo también requiere respuestas, el miedo se arrastra en la cama como serpiente venenosa, tu corazón se agota, Javier, el grito está amordazado con cadenas, los esperaste toda tu vida, sabías de su existencia. Y para exorcizarlos necesitaste desamarrar las palabras, y desparramarlas. Poeta y filósofo, eres tú mismo.

Si en algún momento aseguraste que a veces el otro tiene dolores que no entendemos con este libro de poemas tú sí te das a entender, a tal grado que, pidiendo prestadas las palabras de Pessoa, se concluye que:

Los que leen lo que escribes

Del dolor leído sienten, no los dolores

Que tuviste

Sino el que ellos sienten

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