Me gusta el futbol; fuera de México, donde le voy a Pumas por desvaríos producto de mi pasado universitario, no tengo en realidad ningún equipo favorito. Me gusta sólo ver el buen futbol. Procuro ver los partidos del Real Madrid el Barcelona el Bayern, el Manchester (United o City), la Roma (más por fidelidad a mi inolvidable amigo Walter Coratella), el Milan, el PSG, en fin, puros lugares comunes de la calidad. Me gusta ver futbol cuando lo juegan bien y lo disfruto mucho.
Como buen mexicano anhelo que la Selección Nacional haga un buen papel en el próximo Mundial, es decir anhelo realizar un sueño casi inalcanzable. Ora sí que a pesar de mi optimismo y mis deseos, mi pesimismo se impone. Creo que tenemos buenos jugadores, lo que creo que nunca hemos tenido es un entrenador realmente capaz y un verdadero plan a largo plazo con la Selección. El “Piojo”, pobre piojito (con ese apodo ya trae mucho en contra para las apuestas), tomó de emergencia al equipo nacional; para mí también trae en contra que lo haya recomendado enjundiosamente Jorge Vergara, el antichiva dueño de las Chivas.
Hace unos días, mientras comía unos ricos tacos de canasta de chicharrón y frijoles en un puesto en la esquina de Xola y Eje Central, dos policías hablaban de la Selección y el Mundial. El más gordito de los dos decía que México le ganaría a Croacia y a Camerún y que si perdía con Brasil ya estaba clasificado. No pude evitar meterme en la plática y le dije que era muy optimista: él y su compañero se rieron. “Así hay que ser, no hay de otra”, me dijo mientras le ponía salsa verde a uno de sus tacos de papa. Eso no va a suceder, lamentablemente, sentencié deseando que la boca se me hiciera chicharrón. De todos modos, si México pasa a la siguiente ronda ¿cómo ganarle a España o a Holanda? El famoso quinto partido continúa inalcanzable.
Poco después vi el partido amistoso Alemania-Camerún con su empate a 2; bastante regular el partidito, pero hay que estar canijo para sacarle ese empate a Alemania que se adelantó en el marcador (los 4 goles fueron en el segundo tiempo).
Luego vino el partido México- Bosnia, y llegó un baño de agua fría, no por el resultado (1-0 en contra) sino porque la Selección Nacional no tenía ni rumbo ni fe, como diría José Alfredo; ni orden ni concierto. El Piojo cambió jugadores hasta la saciedad, nomás le faltó meterse él a la cancha. Como siempre, el “ya merito”: Chicharito estrelló un muy buen tiro en el travesaño; hacia el final del partido el portero Bosnio, que juega en Inglaterra, le hizo un atajadón a un cabezazo de Moreno. Pero nos ganaron porque jugaron mejor, estaban mejor plantados en la cancha y sabían lo que tenían que hacer. Al día siguiente el piojito gritoneó que los bosnios eran unos “marranos” sólo porque el entrenador cambió la alineación antes de iniciar el juego. Un Piojo enloquecido. Efímeramente, su hija, ahora conocida como “La Pioja” alcanzó sus 15 minutos de fama por despotricar groseramente en twitter contra los incrédulos. Y el respetable, de gayola a palco, la tundió. Con Portugal, la Selección se mostró mucho mejor, en parte gracias a la presencia de Rafa Márquez, el jugador más inteligente que ha tenido México en su historia. Jugaron bien, pero perdieron. Como suele suceder: la calidad de los mejores termina por imponerse.
Cuando el Mundial de Argentina en el 78, México llegó crecidito y sobrado porque había tenido una muy fácil eliminatoria y le había ido muy bien en los amistosos previos. El entrenador José Antonio Roca se pasó de optimista: predijo que le ganábamos a Polonia y a Túnez y empatábamos con Alemania. Bueno, baste decir que quedamos en último lugar en esa ocasión: nos pasaron un ferrocarril por encima (y de los antiguos, que pesaban más). Ahora todo es al contrario. Estados Unidos ayudó a que México llegara al mundial, con lo que los patrocinadores y las televisoras dejaron de moderderse hasta el metatarso y el negocio se rescató. La selección sólo ha generado dudas a pesar de haberle ganado 3-1 a un Ecuador de medio pelo y 3-0 a un Israel muy esforzado.
Así que en contrapartida el optimista podría pensar que ahora que llegamos al Mundial con tantas dificultades, nos irá muy bien para sorpresa de propios y extraños. Y el pesimista dice: ¡qué necio eres! ¡Deveras que no aprendes!

 

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