En una tierra abundante escritores y filósofos brillantes como es Alemania, Henrich Böll ocupa un lugar preponderante en el siglo XX debido a su prolífica obra que, quizá por su catolicismo, evidencia, ante todo, una grande y sentida compasión por los seres humanos. Catolicismo practicante el de Böll que no estuvo exento de críticas a la estructura eclesiástica y al dogmatismo religioso siempre a la retaguardia de los avances y necesidades sociales. Explayado también en un antibelicismo comprometido.
Tuvo material de sobra con su experiencia personal en la Segunda Guerra Mundial pues estuvo en el ejército alemán de 1939 a 1945, aunque este último año lo pasó como prisionero de guerra de los estadunidenses en campos de Francia y Bélgica, tiempo en el que murió su primer hijo, producto de su matrimonio durante un permiso en 1942.
Como militar alemán estuvo en Francia, Hungría, Rumania y la Unión Soviética. En diciembre de 1945 regresa a Colonia con su esposa y se pone a reconstruir su casa, que había quedado en ruinas por los bombardeos. Cargado de experiencia comienza, ahora sí, por fin, a escribir y en 1949 publica su primera novela “Der Zug war pünktlich” (El tren llegó puntual) con la que inicia lo que sería un largo y diverso alegato antibélico a través de diversas obras. Su antibelicismo lo llavaría también a oponerse a los totalitarismos, el peso de las ideologías, el materialismo y las hipocresías de la democracia.
“¿Dónde estabas, Adán?”, título tomado de un verso de Theodor Haecker, es su cuarta novela publicada en 1951. Una novela tan bella como triste y desencantada ante la futilidad de la vida humana, del tiempo humano en la guerra. Bella por el trazo firme del puñado de personajes que se van cruzando a lo largo de la historia, bella por su lenguaje preciso, musical gracias a oportunas repeticiones, sin artilugios literarios, con un lenguaje siempre preciso sin elementos discursivos, porque permite que sólo hablen los hechos y los sentimientod de los personajes, soldados alemanes llevados en la borrasca que no tenísn nada de nazis y que eran capaces de albergar sueños y esperanzas, además de sentir compasión por los otros. Triste porque todo acaba siendo en vano, triste porque las esperanzas son ilusiones sin posibilidades en una realidad amarga y llena de trampas. Bella, sobre todo, por la historia del sargento Feinhals y la dulce Ilona, una mujer que se convertirá en el vértice de dos caminos que se bifurcan: uno el de un sargento de poca monta, que ni nazi es, que encontrará en ella la ilusión, la belleza admirable, el sueño del amor eterno, la entrega incondicional con sólo un par de besos que alimentarán las fantasías más amorosas de Feinhals. En el otro, un teniente amargado, severo, verá en ella todo lo que él nunca podrá ser, ella representa todo lo que él, incluso en la música, jamás podrá alcanzar, y perderá por completo su frágil equilibrio emocional para que se explaye el canalla que lleva dentro.
Una novela que vale la pena recuperar porque su historia es tan de hoy como de entonces, de aquella guerra y seguramente de todas las demás que tan cotidianamente viven en nuestro mundo.
Otras dos obras de BÖll fueron sus más conocidas en Occidente: “Opiniones de un payaso”, la tragedia humana de un magnate que termina por ser un marginado social, víctima del desencanto y los abusos del poder, y la más famosa sin duda, “El honor perdido de Katharina Blum” (1974), llevada magistralmente al cine por Volker Schlöndorff, apenas un año después de publicada, con guión de la también realizador Margarethe von Trotta, una feroz denuncia de las mentiras y manipulaiones de la democracia y de las groseras artimañas de la más procaz prensa amarillista y sensacionalista cuyo trono ostentan hasta hoy Alemania e Inglaterra.
Heinrich Böll nació en 1917 y murió en 1985 sin conocer la reunificación alemana. En 1972 obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Publicó una veintena de libros entre novelas y relatos y cientos de artículos para defender sus posiciones en contra de la xenofobia, la extrema derecha, la hipocresía cívica, el afán de logros económicos por encima de cualquier otra cosa, y para exaltar una y otra vez el valor del humanismo generoso.

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