Maugham_facing_camera¿Conoce usted a Mr. Somerset Maugham?

por Javier González Rubio I.

Somerset Maugham es uno de esos autores que marcan. Viajero incansable, contador de historias, dramaturgo, su postuma vida literaria parece relegada al olvido. Este ensayo intenta desempolvarlo y viene acompañado de una selección de perlas aforísticas entresacadas de la obra misma de Maugham.

Por alguna extraña razón —en algunos casos porque nuestros padres nos lo pusieron enfrente— a Somerset Maugham se le lee en la juventud, en los primeros veinte, y luego se le recuerda con cariño, como a un viejo eco legendario que nos resuena momentos gratos; después, la pasión y la vorágine de la lectura, nuevos descubrimientos, deslumbrantes unos, engañosos otros, le hacen sombra, como a muchos de los “santuarios obligados” (Balzac, Flaubert, Dostoievsky o Stdhenal). La necesidad de consumir lo actual les echa polvo a las lecturas de tiempos pasados — ¿alguien de cuarenta años lee a Mark Twain o a Sthepen Crane?—, las convierte en citas, en exclamaciones, en certidumbres indiscutibles, se asemejan a las escasas “novias” que galardonan el curriculum; ah, pero cuando un día la relectura se hace obligada, se descubre que también en ciertos libros, para bien, no es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después, y que es más placentero reencontrarlos que a ciertas novias a las que su madrastra naturaleza ya les pasó la factura. Ese es el caso del “distante y pretencioso Maugham”, como dijo Capote al reconocerlo, también, como maestro de la narrativa. Volver a Maugham es un deleite. El que recién lo lea dirá: de lo que me había perdido. Como él mismo escribió: “El escritor solamente puede ser fértil si se renueva a sí mismo, y esto sólo puede hacerlo si su alma se enriquece constantemente por experiencias nuevas, frescas; y no hay mejor recurso para eso que el fascinante descubrimiento de la gran literatura del pasado”. Lo mismo podemos decir para el lector. ¿Y no es ya pasado un escritor cuyos primeros éxitos sucedieron a principios de este siglo que agoniza con tanta tristeza y pesimismo?

William Somerset Maugham, contador de historias, dramaturgo, viajero incansable, espía al servicio de la inteligencia británica en Suiza en el 915, y en la Rusia del 17, longevo y gentleman muy parecido al tío Elliott Templeton que relata El filo de la navaja, se resiste, con razón y argumentos, al olvido, y pelea una butaca en el pequeño teatro de la posteridad ahora que otro siglo se acerca, a pesar de que en su controvertido Canon, Bloom no lo menciona ni siquiera por el paisanaje, la Enciclopedia Británica le concede 10 líneas y el semibíblico Book Review del New York Times, en su edición especial por sus cien años, en agosto de 96, no le dedicó una sola línea a él, tan famoso, querido y vendedor en sus buenos tiempos. Este maestro del relato y hacedor de caracteres, nació en Francia, pero en territorio inglés, en el ya casi siglo antepasado, en el 1874. Como sus padres eran británicos y Francia había emitido un decreto mediante el cual cualquier nacido en su territorio tendría la nacionalidad francesa, la madre de William pasó la mayor parte de su embarazo y el parto en la representación británica en París.

Después de recorrer medio mundo, escribir obras de teatro, relatos, novelas, prudentes textos autobiográficos y algunos ensayos, Somerset Maugham murió, medio senil, en 1965. Su última novela la había escrito en 1944. Fue un sibarita que además logró hacer el suficiente dinero para darse todos sus gustos. Acumulador de una fortuna sin igual en sus tiempos producto de su creación literaria, de sus múltiples traducciones y de la puesta en escena de sus dramas, Maugham escribió: “Siempre he pensado que la vida es demasiado corta para hacer cosas que otros pueden hacer por uno si se les paga. Y yo he sido lo suficientemente rico para proporcionarme el lujo de hacer sólo aquello que debo hacer por mí mismo”.

Tenía una enorme pasión por España, más por el Greco, su artista más admirado, y Velázquez y Tiziano. Lo subyugaron los Mares del Sur y sus tierras: Tahití, Samoa, Ceylán, donde situó algunas de sus obras más importantes y unos cuentos admirables y envidiables. Inglés de cepa, no sentía gran aprecio por los americanos. No hay pruebas, sólo rumores, de su estancia en México, en un hotel de las calles de Uruguay, aunque tal vez sea una confusión debida a que quien sí visitó México fue su sobrino Robin Maugham, también escritor, quizá por eso nos cause cierta envidia la placa reluciente en el bar del Hotel Raffles de Singapur que da fe de que en él Maugham escribió capítulos de Al filo de la navaja. Pero tiene un espléndido cuento, “El mexicano calvo”, que sucede en Lyon y es una anécdota sobre un militar supuestamente huertista asilado, muy presto para matar y muy hábil para las mujeres.

En 1916, en su viaje a Papette siguiendo las huellas de los últimos años de Gauguin, de donde más tarde saldría La luna y seis peniques, una novela ejemplar sobre la voluntad de ser, encontró y compró por unos cientos de libras una obra que Gauguin había pintado en el cristal de una puerta, y que en 1962 fue valuada en 40 mil libras esterlinas,

una joya en la amplísima colección de arte que Maugham llegó a tener. Le gustaba jugar y consideraba, con razón, que el poker era “el mejor juego del mundo”. Como buen inglés, disfrutaba mucho la novela policiaca, le tenía menosprecio a Connan Doyle, y admiraba, sobre todo, a Raymond Chandler y a Dashiell Hammet, “los dos mejores novelistas duros”. A Hammet lo consideraba “con inventiva y originalidad”, pero Chandler era “el más perfecto”. Del Marlowe de Chandler dijo: “duro, feroz e impávido, es un sujeto digno de estima”.

Alguna vez escribió: “Las amistades de las mujeres son inestables, no son nunca capaces de dar su confianza íntegramente, y su mayor intimidad queda siempre atenuada por la reserva, el subterfugio y la supresión de la verdad”, un juicio muy tajante que no las deja muy bien paradas; sin embargo, en sus novelas las trata —las retrata— espléndidamente, con admiración incluso. Algunas, como Rosie Driffield, libre, picara y encantadora, son extraordinarias, mujeres fascinantes; unas vivaces, otras nobles, como la propia Sally de Servidumbre humana; sabe que pueden ser crueles y egoístas, como la Isabel de El filo de la navaja. Maugham transmite y recrea siempre la enorme fortaleza de las mujeres, su ternura, su inteligencia y su perversidad.

Ni la fama ni el prestigio ni el mido de la celebridad pudieron gran cosa contra su profunda timidez, aunque con el paso de los años pudo vencer el tartamudeo que también tanto lo apenó de niño. Para esa timidez hubo varios motivos conjugados. En primer lugar el haber sido un niño solitario, en manos de sirvientas y nodrizas, pues sus tres hermanos eran mucho mayores que él, su madre estaba enferma de tuberculosis desde hacía años y el padre ausente entregado al trabajo. Además, la orfandad llegó: su madre no resistió el último parto —un hijo que vivió 24 horas— y murió a los pocos días de que Maugham cumpliera 8 años; y dos años después se quedó sin padre y en los brazos de una nodriza, de la que también tuvo que desprenderse al ir a vivir con un tío, Henry Maugham, vicario de Whitstable, transformada en Blackstable en Servidumbre humana, novela que ha tenido siempre la etiqueta de “autobiografía disfrazada”, lo que finalmente se podría decir de cualquiera de sus novelas narradas en primera persona. Pero también en esa timidez estaba su homosexualidad manifestada tempranamente y a la que tuvo que tratar con cautela en aquella época victoriana, máxime viviendo de cerca y joven el cruel acoso, persecución y humillación de que fue objeto Oscar Wilde; inclusive, en sus años veinte, Maugham se dejó el bigote porque era sabido que Wilde y sus jóvenes amigos lucían impecablemente rasurados. La homosexualidad de Maugham no se percibe en sus textos de creación y se empeñó en no dejar testimonio alguno de ella, al grado de que en textos autobiográficos como Looking Back pretendió ufanarse de su heterosexualidad, para lo cual también se casó y tuvo una hija. Claro, acabó hablando y escribiendo pestes, injustamente, de su esposa Syrie, y en su vejez se volcó contra su hija Liza, a la que a punto estuvo de no heredar ni un chelín, azuzado por su último amor. Pero esa timidez, por los motivos que fueran, acompañada de una inteligencia vivaz y devoradora del entorno, lo convirtió en un profundo, acucioso, implacable observador de la conducta humana que se convirtió en la esencia sanguínea y profunda de toda su obra. Era un contador de historias, no de sucesos; para él lo más importante del hecho era siempre el protagonista y la razón de su comportamiento.

Seguramente era un hombre que escuchaba mucho más de lo que hablaba. Hay testimonios de que era muy educado, atento, sencillo en cuanto a carecer de vanagloria, aunque no alcanzó a ocultar la mordedura de cierto amargor provocada por el hecho de que al ser muy popular, en sus buenos tiempos no se le concediera la estatura que a otros escritores, como le pasó un poco a Graham Greene.

Se rebeló ante eso y lo dijo:

Los críticos pueden obligar a la gente a que fije su atención en un escritor vulgar y aun a perder la cabeza por quien no tenga mérito alguno, pero en cualquiera de estos dos casos no es duradero el resultado […]. El elegido desdeña la popularidad; se ha dado en decir que ésta es prueba de un espíritu mediocre, pero los que así piensan olvidan que la posteridad elige, no entre los escritores desconocidos de un periodo cualquiera, sino entre los más famosos. Puede ocurrir que una obra maestra, merecedora de la inmortalidad.

quede olvidada apenas nacida, y que la posteridad nunca oiga hablar de ella: también puede darse el caso de que esa posteridad rechace las obras que triunfaron plenamente en nuestros días, pero, sin embargo, se verá obligada a elegir entre ellas. [Rosie],

Fue dramaturgo, ensayista y narrador. Hoy quizá pocos recuerden alguna de sus 17 obras de teatro, la primera de 1898 y la última de 1933, muy difíciles ahora de encontrar en español; en el escenario alcanzó enormes éxitos y pocos, muy pocos, pueden preciarse de haber tenido en los teatros londinenses hasta cuatro obras propias al mismo tiempo, por allá en los inicios de este siglo. Sin embargo, fue la narrativa la que le abrió las puertas del teatro y del prestigio mundial. Su primera novela, Liza de Lambeth, publicada en 1897, el mismo año en que se recibió de médico, tuvo un éxito inmediato. Originada en sus experiencias como pasante de medicina visitando zonas pobres de Londres, narra la historia de Liza, que queda embarazada de un hombre casado y pierde a la criatura. La novela transcurre en los barrios bajos de Londres a los que el estudiante de medicina Maugham acudía a atender partos, fiebres y enfermedades incurables en la época, producto de la miseria. Dramática, fielmente descriptiva de la vida sin esperanza, aunque sin escapar al humor irónico y mordaz que según Maugham siempre permitía ser más tolerantes con los seres humanos y entender mejor sus debilidades, se recibió como un tema audaz; narrada con elegancia pero extrema claridad, y con un final que satisfacía los requerimientos morales de los tiempos Victorianos, fascinó a los lectores. Gracias al éxito de Liza de Lambeth. los productores teatrales volvieron la mirada hacia sus obras, pues si bien ya había estrenado antes Un hombre de honor, su éxito como dramaturgo empezó con Lady Frederick, su primera obra triunfal en escena, que estuvo más de un año en cartelera y fue a dar a Broadway, donde la estelarizó Ethel Barrymore. En 1908, Maugham tenía cuatro dramas en escena en los teatros del West End de Londres y a partir de entonces no volvió a preocuparse por dinero. Sin embargo, el Maugham que se ha ido quedando en el tiempo es el autor de novelas como La luna y seis peniques, Al filo de la navaja, Servidumbre humana. Rosie, entre una veintena, o cuentos como “Lluvia”, “Miedo”, “Samoa” y “El descenso de Eduard Barnard”, por citar sólo cuatro de los muchos buenos que logró entre los 140 que escribió.

Pero su éxito de público en teatro, al igual que en la narrativa, no tuvo entre los críticos —a los que obviamente despreciaba— la misma resonancia. The Summing Up, un documento autobiográfico dedicado básicamente a reflexionar sobre la creación literaria y su forma de ejercerla, fue publicado en 1938 cuando su obra más importante, a excepción de El filo de la navaja, ya había sido producida; ahí el mismo Maugham escribió:

En mis años veinte los críticos dijeron que yo era brutal, en mis treinta afirmaron que era petulante; cuando llegué a los cuarenta me juzgaron petulante, en mis cincuenta afirmaron que era competente, y ahora en mis sesenta dicen que soy superficial. No he hecho otra cosa que seguir el camino que me tracé a mí mismo.

El cine recurrió a él en varias ocasiones. La primera, en los tiempos del cine mudo, cuando Ethel Barrymore interpretó el duro papel de Lady Frederick. Servidumbre humana, la más aclamada de sus novelas, fue al cine en tres ocasiones. La más afortunada fue la primera versión protagonizada por una esmirriada Bette Davis, espléndida con sus ojos de plato sopero al revés, apostándole al papel de Mildred que varias famosas habían desechado, y un Leslie Howard en el papel del minusválido y acomplejado Philip: mucha ternura y poca hombría. Sin embargo, la gente recuerda más la versión interpretada por Kim Novack y Lawrence Harvey.

El filo de la navaja fue dos veces a la pantalla; la primera, con Tyrone Power, sin fuerza alguna; la segunda con Bill Murray, mucho más entera y verosímil. También se filmó el relato “Lluvia” y, con demasiadas concesiones a la moral hollywoodense, la bella novela 5o- berbia, mejor conocida como La Luna y seis peniques. Sin embargo, hoy ninguna de las grandes novelas de Maugham con características visuales desmerecería una nueva adaptación o se le consideraría pasada de moda. Sus personajes y sus conflictos están enraizados en la condición humana, no en el paso del tiempo o la circunstancia en que fueron creados.

En los años sesenta, la BBC inglesa y la CBS americana produjeron, con enorme éxito, series completas con adaptaciones de cuentos de Somerset Maugham. A lo largo de los años, los críticos han insistido en que Servidumbre humana, publicada en 1915, además de ser su mejor novela (quien esto escribe considera mejor El filo de la navaja) es, como dijimos, una “autobiografía disfrazada”. Ello se debe a que el protagonista, Philip, al quedar huérfano va a vivir con un tío vicario y su esposa, y después pasa un tiempo en Alemania y regresa a Londres a estudiar medicina, tal como sucedió a Maugham; sin embargo, no hay más elementos para sostener que se trata de una autobiografía. De entrada, Philip nace con una deformación en el pie que le genera una terrible inseguridad; claro, no faltará el sesudo analista que sugiera que Maugham transformó su homosexualidad o su timidez en cojera, o quizá la tartamudez que según el propio escritor le propició muchas vergüenzas y humillaciones en el colegio. Por lo demás, Servidumbre humana es una novela seria y crudamente heterosexual, lo que habla muy bien de la espléndida calidad y capacidad de Maugham para crear y desarrollar personajes y para esconder, como siempre, sus preferencias erótico- amorosas. Es curioso, además, que una novela con un protagonista tan antipático, que nunca logra tener el menor atractivo como héroe, sea precisamente la obra de mayor éxito de cuantas escribió, pero tal vez se deba a ese profundo desarrollo que hace de una terrible relación amorosa basada en la humillación, en la falta absoluta de autoestima, en la plena dependencia emocional, que alcanza grados realmente patéticos, de un hombre por una mujer terriblemente estúpida. Es también una novela sobre el aprendizaje de la vida, la insistencia en creer ser lo que no se es y lo fútil de la lucha contra el destino. En esta novela, como en toda la obra de Maugham, queda de manifiesto su economía de medios; sabedor de su carencia de lirismo, de su incapacidad para la metáfora o la narración poética, Maugham hizo de la sencillez, la claridad y la precisión narrativas, sus mejores armas literarias; contaba además con una extraordinaria lucidez y un profundo conocimiento del alma humana.

William Somerset Maugham no fue un escritor de hechos, de tramas, sino de personajes y caracteres. Dueño de una muy desarrollada capacidad de estructuración narrativa, la utilizó siempre para tejer historias fatalistas en las que es evidente que el hombre, por más esfuerzos que haga, percibiéndolo o no, es absolutamente incapaz de escapar

a su destino, sea éste bueno o malo. Y Maugham, como creador, sabe acompañar naturalmente a sus personajes hacia ese destino: paso a paso los vemos acercarse, a veces sin percatarse, hasta su ineluctable fin.

En El filo de la navaja, Larry sale a la búsqueda de ese destino, a la búsqueda de una explicación al sentido de la existencia, y descubre que encontrar el destino es buscarlo, y que aun en esa búsqueda lo forzado fracasa irremisiblemente, aunque sea amor.

En primera o en tercera persona, Somerset Maugham fue un arquitecto de la literatura. Se le puede imaginar haciendo bosquejos, planos, diseñando muros, escaleras, arcadas, terrazas, jardines para construir cada una de sus residencias-novelas, de sus apartamentos-cuentos. Evidentemente no tenía el genio creativo que todo lo perdona, como Balzac o Dostoievsky, a los que —¡¿a quién le importa?!— siempre les sobraron párrafos e incluso páginas. Maugham, en cambio, tenía que trabajar más y cuidar más su estilo, su estructura, el devenir de cada página, contando meticulosamente bien, construyendo todo un andamiaje para que cada pared, cada puerta estuviera en su sitio, y para marcar un ritmo, un tono en el recorrido del lector. Sin genio, alcanzó maestría en la narración, profundidad en lo humano. El, que estudió medicina y la ejerció apenas, fue un cirujano, un vioseccionista del corazón del hombre. ¿Qué interesó a Maugham?: La cobardía, la mezquindad, la bondad, la estupidez, el racismo, los caracteres débiles, las convenciones sociales que limitan al individuo, las diferencias de clase, la capacidad, a veces trágica, para romper las reglas. Y las consecuencias de todo ello en situaciones dadas. Esos fueron sus temas, no el amor ni la muerte.

En primera persona, como en El filo de la navaja, La luna y seis peniques o en Rosie, poseyó una habilidad inusitada para mantenerse al margen, jamás cae en la menor o mayor tentación de emitir un juicio o ejercer algún protagonismo; se mantiene en todo momento como testigo y nos da la impresión de tener en la sala a un gran conversador que nos cuenta una historia mientras disfruta un buen habano.

Si bien Rosie es una novela divertida —no jocosa ni humorística—, llena de calidez y de malicia, es particularmente interesante para los muy buenos lectores o los escritores, pues en ella Maugham luce sus enormes habilidades como crítico literario al hacer los juicios sobre la obra de Driffield, el escritor imaginario que da pie a la trama, una novela en tomo a la gloria literaria, el oportunismo de los aduladores ventajistas y el papel que desempeñan las mujeres que aman o exprimen al artista.

No hay novela en la que no despliegue sus cualidades y calidades para la ironía, pero jamás abusa porque la ironía es también un instrumento para desengañarnos de los seres humanos, para conocer sus reales dimensiones, pero es interesante apreciar cómo en El filo de la navaja no hay una sola línea irónica correspondiente a los hechos o decires de Larry, el protagonista, quizá porque él y Charles Strickland, el protagonista de La Luna y seis peniques, ejecutivo de bolsa que abandona trabajo y familia para dedicarse a la pintura, de una manera irremisible y maldita a la vez que íntimamente gloriosa, son para Maugham sus personajes más queridos, más admirados por más íntegros, los renunciantes a todo en la búsqueda de un absoluto personal que además logran porque están dispuestos a pagar el precio, quizá los ideales inalcanzables del propio Maugham, a quien todavía se lee y se disfruta. n
Y ahora una selección de algunas reflexiones de Mr. Maugham.
Cosas de Willie
No hay hombre que en el fondo de sí mismo sea tan cínico como una mujer bien educada.

• No hay como el amor para que un hombre cambie de opiniones. Porque nuevas opiniones son casi nuevas emociones. Son el resultado no de un pensamiento sino de una pasión.

• La ciencia es el consuelo y la curación de nuestros males porque sólo ella nos enseña lo poco que importa todo y qué poca importancia tiene la vida con todos sus fracasos.

• El pueblo, que parte de la idea de que ciertas cosas son justas y son la ley, acaba creyendo que otras son justas porque son la ley.

• El hombre es mezquino, trivial, testarudo, innoble, bestial desde la cuna hasta la tumba; ignorante, esclavo de una superstición ahora, luego de otra, y tiránico, egoísta y cruel.

• Un código moral es tan sólo aceptado por las mentalidades débiles; las fuertes se forman el suyo.

• La prudencia difícilmente puede ser considerada virtud, porque depende de unas cualidades intelectuales que no todos los hombres poseen. Si la prudencia es necesaria para obrar rectamente, sólo le será posible a la minoría de la humanidad.

• ¿Por qué es tan doloroso ver que un amigo nos hace una mala pasada? ¿Candidez o vanidad?

• Uno de los infortunios del ser humano es que sigue teniendo deseos sexuales mucho después de haber dejado de ser sexualmente deseable. Creo que es absolutamente natural satisfacerlos, pero es mejor no hablar de ellos.

• La hipocresía es el vicio más difícil y agotador que pueda tener un

hombre. Necesita una vigilancia constante y una atención ininterrumpida de la mente. A diferencia del adulterio o la glotonería, no se puede practicar sólo en determinados momentos sino que es un trabajo permanente.

Una buena regla para los escritores: no explicamos mucho.

El dinero es como un sexto sentido sin el cual no pueden utilizarse plenamente los otros cinco.

• La dificultad que ofrece el drama como arte, consiste para la mayoría en que depende del público. Un público es una multitud y el arte, tal como lo concebimos, nada tiene en común con las multitudes. A las clases obreras, entregadas por completo al esfuerzo cotidiano de satisfacer las necesidades del cuerpo, les queda poca energía para cultivar las emociones desinteresadas del arte. Las clases superiores nada saben del arte ni les importa, a veces fingen interesarse en él cuando la moda impone esta pose como señal de distinción social, entonces las grandes damas cultivan la amistad de los que se ocupan en tales artes, exactamente igual como en otros tiempos tenían sus bufones.

• Una sola cosa me habría gustado encontrar, y me parece que no habría podido lograrlo en el drama teatral: perfección. No me refiero a mis propias obras, de cuyos errores nadie está más irritablemente consciente que yo mismo, sino a los dramas que han llegado hasta nosotros desde el pasado. Aun los más grandes tienen graves defectos.
La vida del escritor está llena de tribulaciones. Ante todo ha de soportar la pobreza y la indiferencia del mundo; luego, una vez alcanzado cierto éxito, se habrá de someter de buena gana a todas las eventualidades. Depende de un público inconstante. Está a merced de los periodistas que quieren celebrar entrevistas con él y de los fotógrafos deseosos de retratarle.

Una versión un poco más larga de este texto se publicó en Nexos en enero de 1998
http://www.nexos.com.mx/?p=8739

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