En México nos hemos llenado de eufemismos para no llamar a las cosas por su nombre, para ser, supuestamente, “políticamente correctos”. Pero creo que en general los eufemismos sólo sirven para disfrazar o negar realidades de las cuales son particularmente conscientes quienes las viven o padecen. Cuando una persona es anciana, es eso y no un “adulto mayor” o una “persona de la tercera edad”. Es un ser humano cuyo cuerpo, inevitablemente muestra los estragos del tiempo, y a veces también los muestra su mente. Y para que no me apabullen algunos fanáticos, ahí me detengo.
La vejez es un hecho ineludible, a menos, claro, que muramos antes de llegar a ella. Y merece respeto más que disfraces, merece ser reconocida como una realidad que nos obligue a tratar mejor a los ancianos, a ir enfrentando nuestra propia existencia. Y como el deterioro que implica.
Todo ello para hablar de “Amor”, una película implacable –como todas las que ha hecho-, y no por eso carente de belleza, escrita y dirigida por el alemán Michael Haneke.
Esta película recorrió las pantallas del mundo entre 2012 y 2013, después de haber ganado la Palma de Oro en Cannes, en 2012, y de haber sido nominada al Oscar como mejor película extranjera. Afortunadamente todavía la puede ver quien le interese.
Es la historia de un matrimonio octogenario que vive su soledad y su mutua compañía para sobrellevar, con gran dignidad, su vejez y la historia de amor, de solidaridad que ello implica.
No es una película sobre “Adultos mayores”, es una obra de arte sobre dos ancianos a quienes el tiempo y el deterioro físico los enfrenta a su nueva realidad y ambos se hacen responsables de la misma. Ella, Anne (interpretada por la Emmanuelle Riva que en sus mocedades fue la actriz de Hiroshima Mon amour), es la esposa a la que un derrame cerebral seguido de una hemiplejia deja prácticamente inválida aunque consciente la primera parte de la enfermedad. Por ello asume decisiones sobre su propia existencia. El marido, Georges ( interpretada por Jean Louis Trintignat, quien hace casi 5 décadas fuera el galán de Un hombre y una Mujer), asume su última responsabilidad amorosa como marido, sin pedir ayuda a nadie, porque además tampoco tiene a quién. Pues la vejez también es soledad. La hija, interpretada por Isabelle Hupert de la celebérrima La Pianista, también de Haneke, es incapaz de darle a su padre una opción viable de vida ante la enfermedad de la madre; se preocupa, censura un tanto las decisiones del padre, pero se queda callada cuando él le pregunta si entonces será capaz de llevarse a su madre a vivir con ella… que radica en Londres.
Al regreso de Anne del hospital después del derrame cerebral, y antes de deterioro final, George, obligado por ella, le promete que no volverá a enviarla al hospital. Y él asume la responsabilidad de cuidarle y atenderla sin sacrificio ni enojo ni quejumbre: con amor. Es como si renovaran sus votos de amor de juventud.
Ese par de viejos pianistas cultos, capaces de ir a comprar discos, de compartir lecturas, están ahora inmersos en la cotidianidad del retiro, pero tampoco se dejan llevar por la nostalgia ni rumian su vejez. Viven con dignidad casi envidiable.
Peter Haneke ha realizado una película con una enorme compasión, que transmite respeto a la vejez evidenciando a la vez la problemática que implica en quienes la viven.
Es una película casi perfecta, a la que sólo le sobra la escena inicial de los bomberos. Lo importante, la historia de la convivencia del matrimonio, la paciencia y la devoción con que Georges lleva la enfermedad de Anne, son admirables. Nada sobra en esa historia magistralmente interpretada por dos figuras emblemáticas del cine europeo que tampoco temen mostrar su propia vejez.
Al estilo de Haneke, no hay edulcorantes en la historia; no hay flashbacks melosos que nos lleven a la juventud de los protagonistas para convencernos de cuánto se amaban. Sabemos de su amor en el presente y con eso basta.
El amor, todavía existe y es posible con todas sus consecuencias.

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