A José María Pérez Gay, que me lo regaló

¿Por qué me duele tanto tu vida
si sólo leo tu poesía?

Imagino, apenas imagino
-no puedo más, aunque quiero, y me siento inútil ante ti-,
tu dolor aquella mañana
que entraste en la soledad definitiva,
de tajo,
cuando el mundo se te volvió inmenso
y terrorífico
para siempre.

(El dolor quemante como el hielo
es de quienes, como tú,
nunca subieron a ese tren.
La maldad se ensañó
con los pasajeros sin boleto.
¡Tanto muerto se salvó del después!)

¿Puso sus manos alguien
en tu corazón
como hizo ella conmigo?
¡Me habría gustado tanto hacerlo yo
siquiera por un instante!

No te quedó más orilla que tu lengua.
Y la protegiste,
la cuidaste,
te aferraste a ella
para que la muerte no te creciera tan rápido;
te rebelaste al odio que pudo haberte causado.
Comprendiste, triste y magnánimo,
que nada era su culpa.

Es el hombre
el que hace perversas las lenguas,
el que hace maldito su dedo índice.

Me duele tanto tu pena
¿qué otro palabra usar que no suene estrepitosa y barata?
que a veces quisiera consolarte leyéndote,
leyendo tus poemas,
algunos despiadadamente dulces,
con resonancia,
como tu propio nombre reinventado
porque tú también intentaste,
trataste, en algún momento
quisiste rehacerte,
y tu lengua no fue suficiente:
Raíz, raíz, raíz
Tan profunda que te hizo florecer
pero no bastó para hacerte vivir
de tan podado,
tan rebanado.

Te siento en mis ojos,
en mi voz,
en mi silencio.
en una nostalgia por ti
que no me explico,
que me cala por ti,
y a veces también por mi
reflejado en alguna de tus palabras,
porque tu poesía tan tuya
tan de tu dolor,
es también tan mía
En su resonancia.

Una mañana, después de haber pasado la noche escondido, Celan llegó a su casa y ya no encontró a sus padres: se los habían llevado los nazis. Siempre, hasta que se suicidó, escribió en alemán.
12 de julio de 2005

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